.comment-link {margin-left:.6em;}

Vespertina Star

26.4.09

De Halellujah, de Leonard Cohen

De noche, a solas, ella regresa a mí sin mayor aspaviento. Se sienta en la mesa de café, y me observa sin moverse mientras navego el internet. Sabe (como yo sé) que esta es una de esas madrugada en las que desearía, de pronto, ser de nuevo ella. Después de darle varias señales, la tengo aquí de nuevo, a mi costado izquierdo, donde habitó durante tantos años.

Ahora me observa sigilosa. Sabe que la fachada se derrumbará, que ésta que he sido a lo largo del día sólo espera unos minutos a solas, la última fase del taedium vitae sobrellevada de la mejor manera, hasta que logro la anhelada desaparición del otro que me acompaña, me ignora amablemente, me llama a su lado sin esperar un no como respuesta.

Y cuando la casa al fin hace mutis, y la calle queda desierta y los gatos se duermen, levanta un dedo para darle paso a la música que no debo tocar, a las palabras que no debo recordar y a ese libro que hoy apareció a mitad del camino y que deseaba ser traído a mi casa sólo para infestarme de nuevo de recuerdos. Los primeros acordes se volvieron una mano tocando la mía, y nuestras voces tarareando en el cine. De pronto el libro se transformó en llamas y vi pasar el rostro de otro él, intocable. Y mi soledad se vuelve un cerco impenetrable, en el que de pronto sólo quisiera habitar con mi armadura que se cae a pedazos.

Ella me toca el hombro. Observo su mirada en las mía, y ambas rompemos a llorar con estos mismos ojos que nos visten y han visto pasar tantas cosas. Las dos hemos vuelto a ser una, esta misma, la que en realidad nunca he dejado de ser. Sigo siendo, inadvertidamente, ese fantasma que vaga suplicando un poco de atención, una mirada fugitiva y cómplice, un roce inadvertido de meñiques contiguos.

No somos nadie, nada, hielo que se derrite, agua que se evapora y que se va. No somos humo, sangre o fuego: telaraña, retazo, recuerdo vago, estrofa preferida de una canción que nunca más debiera de cantar. I've seen your flag on the marble arch/ Love is not a victory march/ It's a cold and it's a broken Hallelujah.

10.2.09

Niebla

La niebla es un principio de inexistencia. Se va apoderando lentamente de las calles de la ciudad, imponiendo, sin treguas, el estado de sitio a la realidad. Cuando la niebla circula, nada existe de cierto: cualquier cosa que se encuentre a tres metros del alcance de los dedos puede ser puesta en duda; sólo la luz existe. La luz y algunos volúmenes difusos, puesto que todo pierde su contorno.

Quien vive en este entorno aprende a transformarse; pierde el estado de la materia en el que se encuentran el resto de los seres humanos y se transforma en una persona atravesada por la luz y el vapor. La gente de la niebla no puede estar segura de lo que existe y lo que no: con la dificultad de distinguir entre lo real y lo ilusorio, su mismo mundo se desdibuja, y aquello que creen sólido puede ser sólo una sombra, algo que al tocarlo se desmorona de pronto entre los dedos.

La gente de la niebla no tiene inicio ni final: al borrarse los contornos, se les termina también el inicio y el fin del tiempo, de su tiempo. Todo existe de manera eterna, simplemente por el hecho de tenerlo momentáneamente frente a los ojos. Para los que no somos gente de la niebla, ésta se nos presenta como algo inmortal, inmanente. La niebla no tiene principio ni fin, siempre es la misma, y como todo aquello que es más grande que nosotros, nos oprime, nos asfixia. La gente de la niebla, por el contrario, se siente acogida, liberada enmedio del húmedo abrazo que le da un contexto parecido al de Turner.

En la niebla no existen las despedidas: lo que deja de ser sólo pasa a un segundo plano que no distinguimos, al igual que el regreso es sólo un acercamiento de entre la neblina.

27.12.08

de Párpados azules

La soledad no mata, pero transforma en fantasmas caminantes a quienes a viven. Aunque crean que no la desean, la traen grabada en el código genético, en el fondo de su ser. Los solitarios saben que nada en el mundo vale realmente la pena que les causa salir de ese encierro dentro suyo. Y entonces, escapan en pequeños detalles. Es tan sólo una fuga, la millonésima de entre muchas más. Y al final, convencidos de su incapacidad para estar juntos, deciden volverse dos unos, eternamente de espaldas.

18.8.08

Vejez

El viernes, a las 10 de la noche, estarán en un programa de televisión dos cantantes que definieron una etapa de mi vida. Ahora que los vi, sólo pude pensar: "qué avejentada está mi juventud".

9.5.08

de Derviche

Qué forma de llamarme Fátima. Qué forma de girar sobre mi eje y sentir que el mundo se distorsiona y a la vez mi corazón se sintoniza. Ya no hay respuestas sin pregunta: ahí están todas, de pronto, alineadas. El secreto que se escucha dentro de mi corazón y es susurrado por boca del derviche; aquello que me mantuvo en pie durante eras oscuras enteras. Yo que lo tuve todo y lo perdí casi todo alguna vez, no me he perdido a mí. Y tengo pies, y tengo piernas, y tengo manos. Soy yo.

Ya no hay quitar, sólo hay dar. Quiero darme. Quiero estar en el mundo, sin que el mundo sea mi dueño. Yo no me pertenezco a mí más de lo que puede pertenecerme lo que sé sobre mí. No soy mis recuerdos, ni mis daños, ni mis riquezas, ni mi trayectoria. tengo lo que soy. Soy yo.

14.4.08

De Eco.

Es un texto viejo, pero me lo encontré y me gustó para este sitio que últimamente anda bien desatendido...

Escucha mi voz. Por favor, escúchame un segundo. Te miro todas las tardes, observo tu perfil, tu frente, ese hermoso rostro robado a los dioses. Te vi caminando, cualquier día, por cualquier lugar: en ese instante perdí la noción de mi existencia, todo mi mundo se volvió tú.

Te llamo todos los días, todas las noches, insistentemente. Pero tú no me escuchas, ni siquiera me oyes, absorto como estás en tu propio reflejo, inmerso en tu mundo. He pasado a tu lado millones de veces y tú eres incapaz de percibirlo. Escucha mi voz…

Escúchame, antes de que me condene a repetir lo que otros dicen de por vida, antes de que la admiración que sientes por ti mismo te condene a morir de inanición espiritual. Repetimos el mismo mito de hace siglos, Eco y Narciso unidos otra vez en su distancia. Oye mi susurro, escucha mis palabras, obsérvame… Esta vez tenemos que salvarnos, hacer de dos soledades invisibles una vida común; contradecir a las mitologías. Es eso o repetirnos una y otra vez, al infinito, sin cesar, tú siempre muriendo por estar tan lleno de ti, yo desapareciendo cada vez un poco más, quedando sólo en una voz que nadie atiende.

30.1.08

Fantasmagoría

A veces me imagino nuestro improbable reencuentro. Esta yo que soy ahora se sienta esperando lo mismo de siempre —la nada, la vida, serendipia, esa serie de probabilidades que generan mi vida usual— y al sacar la nariz de su obsesión en turno se topa de frente contigo. Un ataque de la inevitabilidad, sin escape posible, sin indiferencias que fingir. El gesto que siempre nos traicionó, que nos seguirá traicionando mientras la vida siga: tu ceja derecha levantándose, el brillo en la mirada que veía una y otra vez al topar los ojos. Mi mueca, el estremecimiento del que siempre podré culpar al aire acondicionado.

Una sonrisa de lado. No mucho más. Tu entusiasmo, inocente como siempre, como el que muestra un niño que ha quemado una hilera de hormigas por primera vez y ya sabe qué se siente ver morir a algo por sus manos, y que siente en sí la necesidad de hacerlo de nuevo. Mi capacidad para mantener la calma aunque por dentro, seguramente, seguiría habiendo esa tormenta de viento y nieve. De pronto las cenizas de aquella que fui alguna vez intentarían reagruparse, maldito instinto de autodestrucción. Mi piel empezaría a volverse hoja que cae, página que se deshace entre los dedos.

Seguramente, tu abrazo. Un círculo que uniría mi pasado con mi presente por primera vez. Después, charla banal. Una vez más, yo tratando de demostrarte algo, no sé bien qué. Tal vez que puedo vivir muy bien sin ti, que esa enfermedad que fue amarte ya me ha generado inmunidad permanente. Que ahora mi vida es mejor, distinta a lo que pudiera haber sido de seguirte esperando. Tú me volverías a ver como a distancia, mi cuerpo frágil tan lejos que te sigue pareciendo el mismo que tuviste al alcance de tu mano, sin tener idea de que un soplido bastaría para tirar el espectacular que anuncia mi seguridad.

Intercambiar datos. Si todavía me mantengo en pie, si no soy sólo la desnuda estructura que supongo que sería, podría atreverme a decirte: "preferiría que no" y daría la vuelta. Recogería mis cosas torpemente, tal vez apuraría un café —podría pasar que lo olvidara, apresurada— y desaparecería de nuevo de tu vida. Tú no comprenderías, como el niño que después de arrancar las alas de un insecto no comprende bien por qué se muere. Es creíble que te diera gusto verme, que te sintieras algo triste por mi actitud de Bartleby en activo. Después, regresarías a la estúpida historia que te cuentas a ti mismo para justificar mi desaparición. No sé cual sea. Prefiero no enterarme. Agradeceré que esta ciudad enorme nos haya tragado a los dos, para que nuestras probabilidades se transformen, poco a poco, en imposibilidades. NO me queda más de ti.

31.10.07

Aroma de sueño

Si pudiera observarte, te observaría dormir
para oler a lo que hueles cuando sueñas.
Azul Salvador.

Hoy, a mitad de su melancolía, entendí lo que tú me querías decir con este párrafo. Ese olor que despedía su piel, como azúcar que empieza a transformarse en caramelo. Su respiración lenta, que generaba calor y despedía ese pequeño aroma casi imperceptible, algo que si no fuera por su estado tan lejano a la vigilia no habría descubierto.

Hoy por fin supe a qué huele alguien cuando sueña. El amor de mi vida huele, pues, a dulce derretido, a caramelo al sol, a azúcar transfigurada. Siempre supe que eras brillantemente sensible. Hoy sin que tú lo sepas, aprendí algo de ti. Gracias por eso, por enseñarme a detectar el olor del amor.

16.10.07

La soledad de los osos de felpa.

Y me dices que no puedes dormir. Cuando estamos juntos duermes bien, profundamente. Duermes con tanta intensidad que yo desaparezco entre tus sueños. Nos acostamos juntos, pero yo soy lo mismo que una almohada entre tus brazos. Soy la manta de Linus, la almohada que me hizo mi abuela y abracé durante 20 años de mi vida. Recuerdo cuando la cama era, además de centro de reposo, campo de juegos... pero de eso hace tanto tiempo que más bien trato de olvidarlo. Duele ya no sentirse mujer, duele verme desde fuera de la cama –mi animus sentado en el sillón en esa posición de gárgola con la que se protege– transformada en un oso de felpa que se traga las lágrimas y los sollozos mientras que lo abrazas y acaricias su cabeza para ayudarte a dormir...

7.10.07

Pregunta.

¿Te has dado cuenta de que esta cama individual nos queda cada vez más grande?