De Halellujah, de Leonard Cohen
Ahora me observa sigilosa. Sabe que la fachada se derrumbará, que ésta que he sido a lo largo del día sólo espera unos minutos a solas, la última fase del taedium vitae sobrellevada de la mejor manera, hasta que logro la anhelada desaparición del otro que me acompaña, me ignora amablemente, me llama a su lado sin esperar un no como respuesta.
Y cuando la casa al fin hace mutis, y la calle queda desierta y los gatos se duermen, levanta un dedo para darle paso a la música que no debo tocar, a las palabras que no debo recordar y a ese libro que hoy apareció a mitad del camino y que deseaba ser traído a mi casa sólo para infestarme de nuevo de recuerdos. Los primeros acordes se volvieron una mano tocando la mía, y nuestras voces tarareando en el cine. De pronto el libro se transformó en llamas y vi pasar el rostro de otro él, intocable. Y mi soledad se vuelve un cerco impenetrable, en el que de pronto sólo quisiera habitar con mi armadura que se cae a pedazos.
Ella me toca el hombro. Observo su mirada en las mía, y ambas rompemos a llorar con estos mismos ojos que nos visten y han visto pasar tantas cosas. Las dos hemos vuelto a ser una, esta misma, la que en realidad nunca he dejado de ser. Sigo siendo, inadvertidamente, ese fantasma que vaga suplicando un poco de atención, una mirada fugitiva y cómplice, un roce inadvertido de meñiques contiguos.
No somos nadie, nada, hielo que se derrite, agua que se evapora y que se va. No somos humo, sangre o fuego: telaraña, retazo, recuerdo vago, estrofa preferida de una canción que nunca más debiera de cantar. I've seen your flag on the marble arch/ Love is not a victory march/ It's a cold and it's a broken Hallelujah.

